El día que descubrí que tengo miedo de morir


Durante muchos años pensé que era una mujer valiente. Hoy siento miedo.

No porque no sintiera miedo, sino porque aprendí muy pronto a caminar con él.

De niña, una ola me arrancó de la mano de mi padre y me llevó mar adentro. Era demasiado pequeña para entender lo que había sucedido, pero con los años tuve que volver a enfrentarme a aquel miedo. Recuerdo mirar el mar desde la orilla y pensar: “Un día nadaré en sus profundidades.”

A los catorce o quince años, durante un campamento, vi cómo una niña era arrastrada por la corriente de un río. Sentí miedo. Lo recuerdo perfectamente. Pero no tuve tiempo de pensarlo demasiado. Me lancé por ella.

Durante mucho tiempo confundí esa capacidad de actuar a pesar del miedo con la ausencia del miedo.

Quizá por eso me sorprende tanto descubrir, ahora, que tengo miedo de morir.

No de una enfermedad concreta.

No de un accidente.

No de un dolor determinado.

Tengo miedo de morir.

De dejar este cuerpo.

De dejar de experimentar esta vida.

De que un día mis ojos ya no estén aquí para mirar, mis manos para tocar, mi boca para hablar y mi mente para recordar.

Y entonces aparece una contradicción que me incomoda porque durante muchos años he hablado de espiritualidad, de evolución, de alma, de trascendencia.

Creo en el alma.

Pero tengo miedo.

Y si mi fe fuera realmente inquebrantable, pienso, ¿no debería mirar la muerte con serenidad?

Quizá no.

Quizá la fe no consiste en no tener miedo.

Quizá consiste en poder mirar el miedo sin necesitar mentirme.

Hay otro miedo que últimamente puedo sentir casi físicamente: el miedo a olvidar.

A olvidar a quienes he amado. A quienes amo. A quienes me han amado.

A que los recuerdos comiencen a diluirse como un río que fluye sin detenerse y que un día ya no pueda encontrar dentro de mí las voces, los rostros, las historias.

He llegado incluso a preguntarme si también podría olvidar quién soy.

Antes sabía escribir con una facilidad que parecía natural. Las palabras llegaban y yo solamente tenía que dejarlas pasar.

Ahora, algunas veces, busco una palabra y encuentro un vacío.

Y ese vacío me asusta.

Porque durante gran parte de mi vida las palabras han sido una manera de existir.

Escribiendo he entendido lo que me pasa.

Escribiendo he llorado.

Escribiendo he amado.

Escribiendo he sobrevivido.

Entonces descubrí algo incómodo:

quizá no tengo tanto miedo de olvidar como de desaparecer.

Desaparecer de mis propios recuerdos.

Desaparecer de la memoria de quienes amo.

Desaparecer incluso de mí.

¿Y si el miedo no fuera el enemigo?

He estado pensando mucho en esto.

Una amiga me ayudó a mirar mis miedos de otra manera. Me hizo preguntarme qué había detrás de ellos, qué intentaban proteger.

Y entonces recordé algo que había escrito tiempo atrás:

“Existe un miedo a olvidar que siento hasta en los huesos, en la piel, en los órganos de mi cuerpo.”

Quizá ese miedo no está tratando de destruirme.

Quizá está tratando de decirme:

“Mira cuánto amas.”

Porque solamente teme perder aquello que considera valioso.

Y entonces la pregunta cambia.

Ya no es: ¿Cómo hago para dejar de tener miedo a morir?

Tal vez la pregunta es:

¿Qué es exactamente lo que temo perder cuando pienso en la muerte?

¿Mi cuerpo?

¿Mis recuerdos?

¿A las personas que amo?

¿Lo que todavía quiero escribir?

¿Los proyectos que todavía no termino?

¿La posibilidad de experimentar un amanecer, una conversación, una carcajada?

¿O simplemente esta extraña y maravillosa experiencia de ser yo?

Existe una idea que siempre me ha llamado la atención: que el miedo a morir está relacionado con el miedo a vivir.

No sé si esta afirmación puede atribuirse literalmente al budismo —y prefiero no poner en boca del budismo algo que quizá sea una interpretación moderna—, pero la idea me resulta profundamente provocadora.

Porque quizá el miedo a morir disminuye cuando dejamos de tenerle miedo a vivir.

Cuando dejamos de posponer.

Cuando dejamos de pedirle garantías a la vida.

Cuando aceptamos que todo aquello que amamos es, precisamente porque es temporal, precioso.

Y aquí aparece mi gran contradicción:

Yo creo en la eternidad del alma y, al mismo tiempo, tengo miedo de perder mi martes. Sí.

Mi martes y mis domingos.

Mi cuerpo.

Una conversación.

Un libro que todavía no termino.

Una canción.

Una carcajada inesperada.

Una persona que quiero.

Una idea que todavía no he escrito.

Quiero seguir aquí.

Y quizá eso no sea falta de evolución espiritual.

Quizá simplemente significa que amo estar viva.

Tal vez no necesito vencer a la muerte.

Durante mucho tiempo pensé que la evolución espiritual consistía en llegar algún día a un estado en el que la muerte ya no produjera miedo.

Hoy no estoy tan segura.

Quizá no necesito vencer a la muerte.

Quizá necesito aprender a no desperdiciar la vida intentando vencerla.

Porque la muerte tiene algo que enseñarnos que ninguna teoría espiritual puede sustituir: esto es temporal.

Este cuerpo es temporal.

Las personas que amamos son temporales.

Las etapas son temporales.

Incluso nosotros mismos cambiamos tantas veces durante una vida que, de alguna manera, ya hemos muerto y nacido varias veces sin darnos cuenta.

La niña que miraba el mar ya no existe.

La joven que estaba dispuesta a morir por una causa tampoco.

La mujer que atravesó pérdidas y dolores tampoco es exactamente la misma.

Y, sin embargo, aquí estoy.

Otra versión de mí.

Quizá eso sea lo que todavía tengo que aprender:

No a perder el miedo a morir.

Sino a vivir sin pedirle a la vida que me prometa que nunca voy a perderla.

Tal vez la verdadera valentía no sea decir:

“No tengo miedo de morir.”

Tal vez sea poder decir:

“Sí, tengo miedo. Tengo muchísimo miedo. Porque amo esta vida.”

Y después de decirlo…

seguir viviendo.


Miedo